Prepyus

Journalist. Master in Corporate Communication. "One is not completely dressed unless one wears a smile". Redactora de contenidos en Madaísh.

El poder de la imagen

Acaba de levantarse. Se mira en el espejo. Ahí estamos los dos: yo, a su lado, sobre sus hombros, tan rubio, algo desaliñado, como todas las mañanas; ella, sonriente, decidida, diligente, aún con algo de sueño en la mirada. Dice que le basta con dormir cuatro horas al día. Se llama Cristina. Cristina a secas. Cristina persona. Me gusta su sencillez mañanera, su esencia franca. Nos miramos y… vale, necesitamos un café que empañe nuestros bostezos del alba.

-¿Agenda del día? –me consulta.

-Rueda de prensa en dos horas.-le respondo.

Siempre hacemos el mismo ritual: ella me pregunta, yo le contesto. Pero ambos sabemos cuáles son las actividades que tenemos programadas para la jornada. Nunca pocas, siempre demasiadas. Con apremio, terminamos de desayunar y nos aseamos. Después, vamos a la habitación para vestirnos.

-¿Qué voy a hacer contigo?- me asedia con su mirada.

Nos conocemos desde niños. Fue su madre quien nos presentó. Pero sólo desde hace unos años mantenemos una relación más estrecha, justamente desde que le nombraron Delegada del Gobierno. Ella no lo sabía entonces, pero así fue como yo, poco a poco, me fui convirtiendo en su seña de identidad.

Cristina vuelve a mirarse en el espejo y, finalmente, como cada día, me peina para detrás, ultra liso, y me recoge en una coleta baja, un clásico que nunca pasa de moda, el LBD (Little Black Dress) de los peinados. Diseñadores de todo el mundo nos han usado en alguna ocasión para sus desfiles, como Stella McCartney para presentar su colección en París el pasado año. Una working girl, austera pero cercana, eternamente comprometida. La imagen del poder… o el poder de la imagen. “La sencillez es la clave de la elegancia”, diría Coco Chanel.

Así, Cristina se dispone a montar en su coche oficial mientras tuitea desde su iPhone. Como su estilo, es una mujer moderna y femenina. De repente, mira por la ventanilla de la parte de atrás. Su rostro se ve reflejado en el cristal. Y, sí, ahí estoy yo: la coleta que le ha dado el apellido.

El coche se para y alguien le abre la puerta.

-Señorita Cifuentes, buenos días.

Y ambos resplandecemos bajo el sol que ilumina Madrid esa mañana.